La muerte de Pedro Ojeda Paullada

Este personaje nació en 1934 en el Distrito Federal. Obtuvo el grado de licenciado en Derecho por la UNAM. Inicio su carrera por su cercanía con Miguel Alemán Velasco, hijo del ex presidente Miguel Alemán Valdés quien lo introdujo a política junto otros celebres personajes como lo fueron Mario Moya, Miguel de la Madrid, Porfirio Muñoz Ledo, David Ibarra, Jesús Silva Herzog entre otros. Su primera participación en este ámbito fue durante la campaña del ex presidente Adolfo López Mateos. Donde Miguel Alemán Valdés los pudo colocar para que estos participen y se foguearan.

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Pedro Ojeda Paullada Y El Columnista

Fue Consejero del Instituto de Estudios Políticos y Fue Procurador General de la República en el Sexenio de Luis Echeverría Álvarez.  en la administración de José López Portillo. en el gabinete de Miguel de la Madrid. Fue legislador federal (diputado de la LV Legislatura) en el periodo de Carlos Salinas de Gortari. Presidente de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje en el gobierno de Ernesto Zedillo.

Ccatedrático de la UNAM en donde imparte las materias de Derecho Económico y Derecho de la Seguridad Social.Pedro Ojeda Paullada falleció a los 78 años de edad en la ciudad de México, era un brillante laboralista.

Anécdota publicada en la Jornada, que incluye el nombre de este personaje.

Durante el último año y medio de su sexenio, de abril de 1975 a diciembre de 1976, al ex presidente Luis Echeverría Álvarez le solía aparecer, ineludible, la voz de su mala conciencia. Se colaba entre los fortachones del Estado Mayor. Irrumpía en medio de cualquier ceremonia. Lo interceptaba entrando o saliendo de Los Pinos. Aparecía sola o con un grupo de mujeres vestidas de negro, como ella. Se le paraba enfrente y le hacía siempre la misma pregunta: “¿Dónde están nuestros hijos?” Porque durante los seis años que Echeverría detentó todo el poder en el país, se registran, al menos, 300 desapariciones forzadas.

Rosario Ibarra de Piedra lleva la cuenta exacta de esos encuentros. Fueron 38 las veces que lo confrontó. A veces el entonces mandatario aparentaba compasión. Un día, desde su altura presidencial (la dirigente del Comité Eureka es de baja estatura) le puso la mano en la cabeza y fingiendo condescendencia le preguntó a Pedro Ojeda Paullada, a la sazón titular de la Procuraduría General de la República: “¿Qué vamos a hacer con esta pobre madre, señor procurador?”

Sólo de recordar ese momento a Rosario Ibarra le vuelven los escalofríos “de coraje, asco y de horror, sobre todo. Si él era poderoso y tomaba esa actitud, ¿qué podía yo interpretar de sus palabras? Nada bueno”. Ibarra y sus compañeras, las doñas del Comité Eureka, forman un coro de voces que en los últimos 30 años han insistido en hablar de la herida que no se cierra. No olvidar, no dejar pasar.

Eso sí, con disciplina espartana aprendieron a no llorar “nunca jamás” frente a los poderosos. Para ello encontraron una fórmula: el rímel. “De esos que se corren con el agua. Sólo para no vernos todas chorreadas nos aguantábamos las lágrimas”.

“Dígale al presidente, él le resuelve”

Una tragedia en su familia lanzó a Rosario Ibarra de Piedra, una ama de casa de clase acomodada de Monterrey, a una de las luchas más largas, radicales y desgarradoras del México contemporáneo: la presentación con vida de los desaparecidos políticos, que entre mediados de los 70 y 80 sumaron cerca de 500.

Fue en abril de 1975. El día 30, El Norte de Monterrey informó con grandes titulares: “Cae Piedra Ibarra”. Y venía la descripción de cómo fue capturado el día 18 el joven estudiante de medicina, militante de la Liga 23 de Septiembre. La nota refería que Jesús Ibarra estaba parado en la esquina de las calles Arteaga y Félix U. Gómez, en el centro de la ciudad, cuando se formó un enorme operativo a su alrededor, con cientos de judiciales y decenas de patrullas. Los testigos aseguran que el muchacho se resistió con fuerza a la captura y que mordió a uno de los agentes en la mano. Iba armado pero no pudo echar mano de su revólver.

En casa del doctor Ibarra nada se supo en ese momento. Pero a su esposa Rosario algo le latió mal. La vigilancia que se mantenía día y noche frente a sus puertas se retiró. Cierto día que pasó por la comandancia de la Policía Judicial Federal, le llamó la atención verla negrar de agentes fuertemente armados. Nunca imaginó la razón de tal despliegue. Hasta que salió la noticia en el diario.

“De inmediato -relata Ibarra de Piedra- me fui a ver al director y él me lo confirmó. Me dijo: ‘se lo llevaron al Campo Militar, así que muévase para allá’. Entonces vine al Distrito Federal y por primera vez hablé con Echeverría. Fue exactamente el 18 de mayo. En la tercera sección del Bosque de Chapultepec inauguraba la estatua de Alfonso Reyes. Ahí me le acerqué y le di una carta. Y me dijo: ‘vamos a investigar’, como acostumbraba.

“Iba yo sola esa primera vez. Cuando vi que se echaba la carta al bolsillo me dio un gozo enorme. Me dije: ‘si el presidente se echó la carta en el bolso, va a investigar’. Y al día siguiente fui a Los Pinos con mi hija Claudia y le dije a lo que iba a un capitán de apellido Sarmiento. Me preguntó si el presidente tenía la carta. Le dije ‘sí, señor’. ‘Ah, bueno’, me aseguró, ‘entonces el presidente la va a atender’. Uy, pues estaba yo emocionadísima porque creía que me iba a atender. Y así sucedió una y otra y otra vez hasta completar las 38 veces que hablé con ese señor y pues nunca hizo nada. Siempre me evadía, o se hacía el sordo, o me decía que iba a investigar, o me mandaba con un ayudante o con otro, con Ojeda Paullada. Y nunca pasó nada.

“No era fe lo que yo tenía en él. Pero creía en lo que todo mundo me decía, que él todo lo podía. Me repetían: ‘ahorita él se lo arregla, con una orden que dé él’. Hasta recurrí a su hijo Alvaro, pensando que a lo mejor llegándole por ahí le dolía. Pues parece que se preocupó mucho de que hablara con Alvaro. Esa vez fue en el Museo de Arte Moderno, había una exposición y me acerqué y le dije. ‘Señor presidente, dice su hijo Alvaro…’ Y en eso le hablaron. El se sorprendió. Por primera vez me dijo: ‘no se vaya’. Ya que regresó de hablar con alguna gente por ahí me preguntó: ‘¿Qué dice Alvaro?’ ‘Pues que cuando usted se entera de alguna injusticia siempre trata de arreglar las cosas’. Ordenó: ‘Llévensela, llévensela a Los Pinos’. Ya ahí se enteró que yo sólo había hablado con Alvaro y nada más había sucedido, y pues ya no me hizo caso.

“Yo no pedía que con la orden de un presidente liberaran a mi hijo. Pedía y pido que se haga justicia, que lo presenten ante una autoridad, que si mi hijo delinquió que lo juzguen.”

Rosario Ibarra nunca más vio a su hijo. Muchos años después recibió una llamada telefónica. Una persona que pidió guardar el anonimato le aseguró que por alguna razón fortuita había tenido acceso a los archivos de la oficina del que era entonces subsecretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios. Ahí había visto un oficio firmado por el entonces alto oficial de la DFS, capitán Luis de la Barreda Moreno -padre del ex ombudsman capitalino-, en el que rendía parte a sus superiores de la entrega del reo procedente de Monterrey, Jesús Piedra Ibarra, a la autoridad en el Campo Militar Número Uno.

Echeverría salió de la Presidencia y nadie le dio razón a la señora Ibarra, ni a cientos como ella, sobre el paradero de su hijo. Llegó José López Portillo y las doñas de Eureka siguieron confrontándolo. Luego llegó Miguel de la Madrid, después Carlos Salinas de Gortari. Frente a todos ellos Rosario Ibarra y sus compañeras se plantaron para demandar conocer el paradero de sus hijos. Ninguno rindió cuentas. A Ernesto Zedillo ya no lo buscaron. Vicente Fox no respondió. Calderón menos. Veremos qué pasa con EPN.