¿De verdad va en serio?, El Combate a la corrupción en Tlaxcala

Uno de los históricos motivos de insatisfacción y de indignación en no pocos casos- para los ciudadanos en Tlaxcala, es la existencia de una arraigada cultura de corrupción en el sector público, vasto ver a séquito orticistas.

No hacen falta elaborados argumentos estadísticos porque aun están incrustados en las universidades, politécnicas y en la UAT, las “arcaicas” y sofisticadas teorías para explicar el asunto de corrupción grotesca: se trata de una realidad que salta a la vista de todos y que nuestros funcionarios, Luevano-Domingo Fernández, doctor Julián Velázquez Llorente además y Juan Méndez Vázquez, ni siquiera se molestan en ocultar. La corrupción en el servicio público es evidente en la prosperidad económica que nuestros ex funcionarios exhiben, tras haber caducado su administración en la nómina gubernamental.

En muy poco tiempo, es decir, de una manera que sólo se explica mediante la corrupción, nuestros ex funcionarios con honrosas cuanto escasísimas excepciones modificaron su estilo de vida para incursionar en uno que está caracterizado por los lujos y los excesos.

Sus casas se transforman en auténtica mansiones; sus vehículos se convierten en unidades de lujo al tiempo que se multiplican; de pronto aparecen como prósperos empresarios de ramos ligados coincidentemente al sector en el cual trabajan como funcionarios.

La obra pública sobrevaluada, la adquisición de bienes y servicios hecha a su medida, la asignación de contratos de todo tipo y la administración de los fondos públicos representan, todo mundo lo supo , las principales fuentes de corrupción gubernamental, es decir, la ruta hacia la improvisación de fortunas privadas con cargo al bolsillo de los contribuyentes tlaxcaltecas .

Casi cualquier ciudadano podría citar al menos una historia, señalar a un individuo cuya trayectoria conoce y relatar cómo de repente, gracias a que “le hizo justicia la Revolución”, su vida se transformó radicalmente.

Y eso es así, porque la corrupción gubernamental es tan vieja como la historia nacional, o acaso anterior a ella.

Se trata de un mal cuya existencia damos por sentada y de una práctica que damos por descontada mientras no se demuestre lo contrario.

Pero casi desde siempre también, han existido reglas que castigan la corrupción y el que los funcionarios y/o particulares se enriquezcan a costa de los contribuyentes. ¿Por qué esas reglas no han servido para erradicar la corrupción o, al menos, para reducirla a proporciones menos agraviantes?

Porque para erradicar la corrupción, o para combatirla eficazmente, hace falta más que leyes. Hace falta, antes y sobre todo, que exista realmente la voluntad de castigar las conductas deshonestas. Mientras no exista tal voluntad, de poco o nada servirá que las leyes se modifiquen.

Para erradicar la corrupción, más que leyes hace falta voluntad para enchiquerar a ese núcleo de ricos que alguna vez utilizaron a la UAT para subsanar su peculio económico.